De la ceniza al amor: una invitación a vivir la Cuaresma con el corazón

03 de abril de 2025 Diana von Kreitmayr

El miércoles de ceniza es el inicio de la Cuaresma, un tiempo de preparación para la Pascua, la fiesta más importante del cristianismo. En este día, los fieles reciben una cruz de ceniza en la frente, como signo de humildad y penitencia. Pero ¿qué significa la ceniza para nosotros? ¿Qué nos quiere decir Dios con este símbolo?

El Papa Francisco, en su homilía del miércoles de ceniza 2024, nos recuerda que la ceniza es una expresión de nuestra condición humana. Somos frágiles, limitados, mortales. Somos polvo que vuelve al polvo. Pero no somos polvo cualquiera. Somos polvo amado por Dios, creado a su imagen y semejanza, destinado a una vida eterna. Somos ceniza sobre la que Dios sopló su aliento de vida, somos tierra que Él plasmó con sus manos, somos polvo del que resurgiremos para una vida sin fin preparada desde siempre para nosotros.

La ceniza, entonces, no es solo un recordatorio de nuestra debilidad, sino también de nuestra dignidad. Somos hijos e hijas de Dios, llamados a vivir en comunión con Él y con los demás. Somos amados con amor eterno, un amor que nos modela y nos transforma. Un amor que nos invita a amar como Él nos ama, a ser compasivos, misericordiosos, generosos, atentos. Un amor que nos impulsa a compartir lo que somos y lo que tenemos con quien lo necesita, a practicar la limosna, la oración y el ayuno como medios para purificar nuestro corazón y acercarnos más a Dios y a nuestros hermanos.

La Cuaresma es una oportunidad para renovar nuestro compromiso con este amor. Es un tiempo para dejar atrás lo que nos aleja de Dios, lo que nos ensucia el alma, lo que nos hace olvidar nuestra verdadera identidad. Es un tiempo para volver al corazón, a lo esencial de la vida cristiana, a la fuente de nuestra alegría y nuestra esperanza. Es un tiempo para buscar el rostro de Dios, para entrar en el aposento de nuestro espíritu, para escuchar su voz, para entregarnos a Él.

San Anselmo de Aosta, un gran teólogo y místico del siglo XI, nos dejó una hermosa exhortación que podemos hacer nuestra en esta Cuaresma: «Huye un momento de tus ocupaciones, apártate por un instante de tus tumultuosos pensamientos. Deshazte de las preocupaciones que te agobian y pospón tus laboriosos quehaceres. Entrégate un poco a Dios y descansa un instante en Él. “Entra en el aposento” de tu espíritu, ahuyenta todo excepto a Dios y lo que te ayude a hallarle, y una vez cerrada la puerta búscale. Ahora di “corazón mío”, di todo entero ahora a Dios: Busco tu rostro, Señor; tu rostro es lo que busco».

Que esta Cuaresma sea para nosotros un camino de conversión, de crecimiento, de amor. Que la ceniza que recibimos sea una señal de nuestra disposición a cambiar, a seguir a Cristo, a vivir como Él nos enseñó. Que el fuego del amor de Dios arda en la ceniza que somos, y que ese amor se esparza sobre la “ceniza” de tantas situaciones cotidianas, para que en ellas renazca esperanza, confianza y alegría.

Fuente: Catholic.net

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