Dos juicios sobre uno mismo

27 de febrero de 2025 Diana von Kreitmayr

Hay momentos en la vida en los que buscamos hacer un balance, casi un juicio, sobre nuestras decisiones del pasado y nuestros comportamientos del presente.

Ese juicio puede ser claramente positivo, si pensamos que no hemos cometido grandes pecados, si creemos que la vida transcurre en un nivel ético casi ejemplar.

Puede ser un juicio sumamente negativo, si pensamos que hemos cometido grandes pecados, si miramos al presente como un momento en el que dominan vicios y errores que nos dañan y que también dañan a otros.

Entre estos dos juicios extremos, hay toda una variedad de posibles autoevaluaciones. A veces nos vemos justos en unos temas y pecadores en otros. A veces reconocemos que hemos pasado por momentos de esplendor y nobleza, y por otros de villanía y oscuridad.

Al constatar lo negativo, existe el peligro de desanimarnos. Incluso algunos llegan a pensar que no tienen remedio, que ni siquiera Dios podría perdonarlos.

Al constatar lo positivo, nos amenaza la idea de sentirnos superiores a otros, de despreciar a quienes consideramos perdidos, mientras nos exaltamos hasta imaginar que, en un futuro, nos declararán santos...

Quien se siente un miserable pecador, necesita abrirse a la misericordia divina, para dejarse curar y consolar por un Dios que no vino a rescatar a los justos, sino a los pecadores.

Quien se siente satisfecho y “justo”, necesita reconocer que sin Dios podría ser un delincuente, y que le resulta fácil caer en uno de los pecados más sutiles: la soberbia, que lleva al alma a despreciar a otros.

Ha llegado el momento de hacer un balance sobre la propia vida. Normalmente reconocemos que hay días mejores, posibles desde la ayuda divina, y días peores, que se explican por la debilidad humana y por el abuso de la libertad.

Todos, en ese balance, podemos mirar a Dios, para agradecer ese bien que hay en nuestros corazones, y para dejarnos purificar de los males que nos apartan del amor.

El balance, entonces, será de gran ayuda, pues la mirada de Dios nos hace verlo todo del mejor modo posible, especialmente cuando reconocemos una misericordia que recibimos gratis y que podemos, siempre, compartir entre quienes caminan a nuestro lado.

 

Fuente: Catholic.net

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